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Curiosidades e indicios. La sorpresa de la intervención.

Los datos encontrados en el transcurso de mis últimas intervenciones, me han llevado a escribir este artículo. Quiero mostraros esta vez la cara del descubrimiento en las restauraciones y lo que éstas nos muestran y nos traen consigo. En la reflexión de este mes, me vais a acompañar a descubrir algunos de estos secretos ocultos que aguardan pacientes hasta que llega el momento en el que son encontrados. Muchos nos dan información imprescindible que arroja luz sobre la vida material y artística de una obra.

¡Venid conmigo!

Las intervenciones avanzan a ritmo normal; es temprano en la mañana y todo está preparado. Los primeros estudios y pruebas están realizadas para comenzar con los distintos procesos estipulados en una metodología de trabajo concienzudamente ordenada. Casi dos semanas de estudios y test de disolventes, me han dado la certeza de cómo poder devolver los tonos originales en los que fue concebida la obra. Se  trata de una pintura  antigua del siglo XVIII, una Santa Rita de Casia enmarcada en un llamativo marco tallado y dorado.

Toda la prudencia es poca, de ahí la importancia del tiempo invertido en su estudio previo. Comienzo a desmontar la pintura de su marco y al  quitar las puntillas y una finísima tablilla  que ocultaba el reverso, aparece una pinturilla pintada a mano, donde existía un sepulcro en vivos  colores. Se trataba de  un cartoncillo que servía de relleno, para que el lienzo tuviera el suficiente cuerpo y se sujetara por presión al marco.

Pinturilla encontrada al quitar la tablilla de madera. Vídeo propio.

Nos encontramos ante una pinturilla que pudo ser pintada  en algún momento, a modo quizás de entretenimiento, y que acabó desechada y utilizada para este fin. Lo importante de este hecho, aparte de lo curioso del hallazgo, es que nos indica que la pintura, que se hallaba sin bordes,  nunca tuvo un bastidor, por lo que ya nos está dando la información de que se trataba de un recorte de alguna otra pintura, muy posiblemente de mayores dimensiones.

Aquí cambia el concepto que hasta ahora se tenía sobre esta obra. Retomamos el estudio y argumentamos su procedencia, hasta el momento desconocida. Ya sabemos algo más sobre su origen.

Otro hecho curioso fue el acontecido durante la  restauración de un retablo. Junto a un equipo de restauradores realizábamos las labores de intervención de un retablo mayor, cuando en las uniones de las distintas piezas  que componen los relieves y paramentos, comenzamos a sacar tiras de periódico bastante antiguas que se encontraban arrugadas y cubriendo los huecos entre una pieza y otra. Desdoblamos  parte de estos periódicos y vimos como muchos de ellos eran páginas  de anuncios de la época; en el trozo que conservo a modo de  documentación de aquel hallazgo pone lo siguiente:

               “SEÑORITA                                                                                                        

para oficina la precisa Alaska

Presentarse: 8 tarde Delegación

                      Alaska

[…] Lobo, 17. Teléfono  261 53 3´

                     (6.114.) ”   

La información que nos aportaba, como en el caso anterior, aparte de lo curioso del hallazgo era la siguiente; los papeles de periódicos encontrados en casi todas las  juntas se debían  a papeles de relleno utilizados para ajustar el retablo a sus nuevas dimensiones, y con ello hacer presión para que las piezas se mantuvieran unidas. Esto es debido a que el retablo en su origen se encontraba en otra  ubicación y había sido traído a su actual iglesia, ya que ésta precisaba de un nuevo retablo. Los indicios de los papeles encontrados nos llevaron a fechar este traslado después de la Guerra Civil Española, así que nos podríamos situar en la década de los 40. Como dato de la intervención, deciros que estas juntas fueron selladas, y los papeles de periódico sustituidos por materiales  más fuertes que consolidaban las uniones.   

Junto a esto, detrás del retablo dimos con restos de un papel de pared que hacía las veces de decoración a modo de señalar el retablo mayor, cuando este no se encontraba aún, dato que nos reafirma lo anterior explicado. Y junto a la cúpula, multitud de agujeros de perdigones, algunos con éstos incrustados, nos hacían pensar en los disparos acontecidos allí dentro. Después nos enteramos que era la manera de deshacerse de las palomas que se colaban. En fin, otras épocas.

Para ofreceros otro de estos casos que dan un giro a la investigaciones y estudios iniciales, os muestro esta otra intervención que realicé no hace mucho. Me llegaba a mi lugar de trabajo un San José con el Niño, de un pequeño pueblo, pero muy acogedor. En este caso se trataba de una talla en madera policromada. Realicé los estudios pertinentes tomándome el tiempo oportuno para sacar buenas conclusiones. Analizando la policromía localicé una de color rojizo, un rojo que no dejaba lugar a duda, y que se encontraba además en distintos puntos de su manto. Pues bien, esto fue un foco de estudio por algunas semanas, ya que la existencia de esta otra policromía nos indicaba que la que ahora se encontraba era posterior, y que la que se hallaba debajo era la original.

Hasta ahí la conclusión después de este indicio era la normal; alguien había repolicromado el manto. Todo habría estado claro, si no es porque la iconografía nos dice lo contrario. Normalmente los mantos de color rojo son reservados a aquellos Santos que son Mártires, y en este caso, San José no lo es, así que se nos plantea una duda, ¿Qué ocurría entonces? La intervención se paró durante un tiempo para poder averiguar el hecho que se me había presentado. Esa policromía roja era la original pero no pertenecía a la de un San José, que mostraba un manto ocre claro, más  acorde a su iconografía. Indagando con la iglesia a  la que pertenecía y contando con el testimonio de la gente del pueblo, se  llegó a averiguar que antes de ser una San José, era un San Bartolomé, ¡ahora  sí!, este Mártir de la Iglesia que murió despellejado.

En algún momento, se cambió la talla que se encontraba en el retablo mayor y se prescindió de esta  otra que se  encontraba allí colocada. Como en el pueblo no tenían una talla de un San José, decidieron reconvertirla y ajustaron su policromía a una más acorde a la del Señor Patriarca. Aquí los testimonios de los mayores del pueblo fueron claves  para solucionar este caso, y por supuesto, se decidió conservar la nueva identidad de la talla y el manto de color ocre. Su pueblo lo esperaba así, como un San José, y así lo recibieron. En ocasiones, cuando estas cosas pasan y con el tiempo la talla de una imagen devocional ha sufrido cambios de identidad, significa  que ya se la venera con otra advocación, y esto, en una intervención de restauración, hay que respetarlo. Otra cosa sería que la modificación surgiera en la actualidad, cosa que habría que evitar hacer. Estos tiempos de los que os hablo, eran otros.

Y por último, os cuento un último caso. Llevé a cabo una  intervención de restauración junto a otra compañera, Teresa López-Obregón, hace unos años, de una Cruz Relicario que forma parte del conjunto de piezas que  se  conservan dentro de Nuestra Catedral de Baeza. Esta  cruz posee el relicario de la Santa Espina, y en su momento tuvo que ser una pieza muy considerada y venerada. Y esto es así por el papel que nos encontramos enrollado en una de sus cantoneras, cuando nos disponíamos a desmontar la pieza para poder limpiarla y consolidar el resto de las que componen la cruz. En este papel pudimos leer que se trataba de una rogativa para la cura de una infección de boca, aquejándose de un dolor de muelas o dientes. Se alcanza a leer al final de este papelillo lo siguiente;

                                “La putrefacción de los dientes”

Este papel se volvió a colocar donde fue encontrado, en el interior de la cantonera, una vez finalizada la intervención. Esta  vez, la información encontrada nos ponía en valor la gran devoción que alguna vez tuvo que  tener esta cruz.

Con estos casos que os muestro quiero centrar la atención en la importancia que tiene los hechos que acontecen alrededor de las obras de arte y de nuestro patrimonio, llevando así a tener que analizar de la misma manera tanto lo material, como lo inmaterial. Y siempre puntualizando que la formación que tenga un restaurador a la hora de  afrontar casos de este tipo, es siempre imprescindible, dado que conjunto a la sorpresa y alegría que acontece encontrar estos datos, se le suma la sensibilidad y la actuación correcta que hay que llevar a  cabo  por parte  de un profesional de la materia, para que nada de esto se pierda y quede bien interpretado y documentado.

Natividad Poza Poza, Conservadora y Restauradora de Bienes Culturales.   

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